Ahora la duda, la angustia, la repetición discontinua de lo finito que transfigura los recuerdos en lamentos. Pensamos de manera ingenua que todo tiempo anterior ha sido terrible. Pero el horizonte deriva pasado y el mundo deja sonar sus acordes oníricos para afirmar que esto no existe: la hemorragia aún queda por comenzar. Solamente que su aplazamiento no es infinito.
Algo se va, se olvida. Más que un estertor un reflejo, suspiro cotidiano en el que la vida se afirma a sí misma –no como antaño– sino como un compromiso, como una demanda ante el ocaso que se diluye, que se transforma en derrame, en liquidos amorfos que asemejan una conciencia. Desequilibrio. Nunca es lo mismo. Nunca.

La materia que busca ser soporte se transfigura entre los polos cromáticos para adquirir manifestaciones de superficie que derivan en en líneas, luego en pixeles hasta que la imagen deja de ser reconocible (Zoom In). Presente sin forma, presente que pretende pasar sin reconocimiento, sin acontecimiento.
En seguida los sentidos del otro o la ficción del entendimiento de la realidad. El juicio del otro se adhiere subrepticiamente al tacto del enunciante y por encima de su propia negación. Suicidio de todos los medios. Por lo tanto, lo único que permanece es la imposibilidad de ser escuchados.
Espera. Estoy aquí. Debajo de “eso”, nada. Desesperanza. Paso a través del espejo hacia tu reflejo. Recientemente se ha descubierto que las galaxias y la materia negra se necesitan recíprocamente para subisistir. “No soy tú”, soy otro.
Nos acercamos al silencio, a las tinieblas en las que podría suceder todavía algún tipo de encuentro. Solamente para entender que el tiempo se mide en fractales y que nunca hemos estado juntos. No ahora.
(Omisión)
Regresas con la pregunta por el sentido, acaso por el significado de los residuos de nuestras fantasías. No hay realidad. Ya no. ¿Todavía sueñas? En la mirada habita un largo pasillo, reflectores rojos que iluminan el blanco mortecino de las paredes; posteriormente un intermezzo con un poco más de espacio donde el cuerpo se vuelve insoportable; al final del pasillo, el blanco se hace más rojo, el rojo más negro y llegamos a un quirófano, tal vez un crematorio. No lo sabemos.
Contamos las palabras que desaparecen y lloramos interminablemente.
¿Recuerdas? ¡No!
Así.
1 comentario:
Pause.
Saliendo por ese pasillo (o creyendo salir), aparece, silencioso, apenas ahí: un papel inserto dentro del libro, con letras que no nos pertenecen, con palabras que (ya) no se nos dirigen, con un nombre que olvidamos.
Pausa.
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