En algunas instancias, podemos nombrarlo, asignarle un término por lo menos escrito, y desde ahí, tratar de extenderlo hacia nuestros desfaces cotidianos, hacia los fantasmas o desvanecimientos que provocan y pronuncian nuestro mutismo. Pero se trata solamente de un conocimiento, y nuestro saber mismo nos dicta su fragilidad así como su plurivalencia. Nuestro saber que, él también, se detiene, transforma y trastoca ante el mismo deslizamiento. Nuestro saber que, él sí, sabe que siempre es de noche. (Con él, por algunos instantes, podemos hasta dejar caer las armas, y asentir).
La naturaleza del deslizamiento es ignota, es siempre serlo. Su misma inexorable repetición es el ritmo de su imprevisibilidad, su cualidad de sorpresa incapaz de ser esperada, aunque a veces, con los brazos bajos, podamos anhelarla. Mas nuestro anhelo, cercano al deseo, no sabe lo que anhela, sólo que algo viene, algo se aproxima. Inminencia o amenaza, se mantiene siempre en la sombra, ahí precisamente donde creíamos que no había nada, de donde nada podía aparecer: ahí acontece este pequeño hiato. Minúsculo tosido o parpadeo, señal siempre confundible, y sabemos que estamos enfermos.
“La naturaleza de la enfermedad”. Tautología al centro del movimiento del desplazamiento, señal centrípeta guiñándonos, en attirant, atrayéndonos hacia la salida –la única- del ignorar. “Estoy enfermo”, “Soy esta enfermedad”, “soy yo”, igual que “esto es”, “lo que sucede”, “hasta aquí”. Avatares del deslizamiento: recibir un nombre, camuflajearse; fingir que responde; llamarse “nada”, “pasado”, “anhelo”, “tiempo”, “viaje”. Reflejar.
Ignorancia del desplazamiento, obliteración de su movimiento, donde creemos –par une fois- encontrar, redescubrir o rememorar el rostro, el gesto. Observando todo a través de gemelos. Ignorancia que produce doble, que pliega sin reconocer el salto, el defecto o la caída inscrita en la línea.
(Je me frise, je suis le frissonnement, je qui ignore, je qui naît d’ignorer que je suis cette ignorance même). Recubierto, bajo el deslizamiento, soslayando que el pliegue es el medio, la “causa”, el “por lo que”, existe ese pequeño vacío –la culpabilidad que resuena, eco apelado nostalgia apelando a una mirada –descubierto, por el pliegue mismo –a través de él-; develado que no hay nada más allá de este deslizar de la tela, de la piel, del papel –tierra que se goza de sí, de su medio –es decir, de sus palabras: arrugas, velo, pequeña excepción de lo imaginado, lo imposible a describir: plaenitud.
Arrugado conocimiento (de soi): je suis mort.
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